Comer basura

Publicado: marzo 19, 2019 en Colombia, Sociedad
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Corría el año 1995, tenía 14 años e iba del colegio a la casa. Era un recorrido largo —desde el centro hasta Aranjuez— y al medio día ya crujía la panza por el hambre. El bus, de la ruta 053 de Campo Valdés, hacía una parada larga en la estación Hospital del metro, a la que llegaba mucha gente con destino a los barrios del nororiente de Medellín. Un día, mientras repetía mentalmente mi diaria letanía: «Por Alá bendito, que este bus no se quede aquí mucho tiempito», vi desde la ventana que un hombre escarbaba en una de las canecas naranjas que penden de los postes de la energía. Buscaba comida y se llevaba a la boca lo que allí encontraba. Quedé congelada por un momento, era la primera vez en mi vida que veía a alguien comer de la basura. Salí de mi aturdimiento cuando él levantó la cabeza y se quedó viéndome. Inmediatamente bajé la mirada con vergüenza de que pensara que estaba observándolo desde el bus con desdén o morbo. Pensé en el hambre que yo tenía, pero que en cuestión de 30 minutos la saciaría al llegar a casa y encontrar a mi mamá que, habiendo ya almorzado, siempre me esperaba para servirme y acompañarme a comer. [Recuerdo esto y tengo que parar de escribir para llamarla].

 

Nunca olvidé el rostro de aquel hombre. Lo llevo fijo en mi memoria como el de muchos otros seres que me he cruzado en la vida y en quienes he visto nítidamente reflejada la injusticia y el fracaso de nuestros sistemas políticos, económicos y sociales. Como la de aquel que, siendo yo muy niña, vi morir baleado en una acera suplicando con la mirada —la voz ya no le salía— que alguien llamara a una ambulancia. Era plena época del sicariato. Si llamabas a la Policía, también te morías. Pero esa es otra historia.

Años más tarde del episodio del hombre comiendo de la basura, cuando ingresé a la Universidad de Antioquia, empecé a ver un niño en los alrededores, no tenía más de diez años y siempre se acercaba y decía: «¿Me regala pa un pan?». Hice mi carrera y poco a poco dejé de verlo. Un día, ya después de graduarme, lo volví a ver. Ya era un adolescente y no pedía para un pan; perdido en el pegante, y seguro en el bazuco, solo estiraba la mano buscando una moneda. No sé cuántas veces habrá tenido que comer de la basura en tantos años, lo que sí es seguro es que se comió toda la mierda de una sociedad que no protege a sus niños. Sí, yo tampoco hice nada. Y no saben cuánto me pesa.

Recuerdo que una vez le estaba contando a alguien la historia del primer hombre del que escribí unas líneas atrás. Me contó que cuando vivía en Londres tuvo que buscar comida en la basura. Era latino, joven, estudiante de inglés y llevaba semanas sin encontrar trabajo. Fueron varios días así hasta que consiguió un puesto lavando loza en un restaurante. Con lo que le pagaron la primera noche salió y se metió al primer lugar que encontró abierto, un McDonald’s. Se compró una cajita feliz. Esta traía un pequeño peluche, un lobito blanco y gris; me lo enseñó mientras me contaba la historia, con los ojos llenos de lagrimas. Me dijo: «Es mi amigo. Está conmigo desde entonces».

Y recordé todo esto por lo ocurrido con Jorge Ramos y el video de los venezolanos sacando comida del camión de la basura. Porque me he atrevido a cuestionar la veracidad, la ética y las prácticas periodísticas; la falta de análisis de los espectadores y el afán de hacer lecturas superficiales mediadas por el escándalo y el sensacionalismo. Entre insultos y otros ataques me han dicho que seguramente no vivo en Colombia porque no veo la realidad ni a los miles de venezolanos pidiendo en los semáforos.

Y claro que los veo, los noto porque su acento es diferente al de miles de colombianos que he visto toda mi vida trabajando en la informalidad y guerreándola en los semáforos, muchos de ellos eran desplazados que vi es en esos mismos semáforos desde que era adolescente; sosteniendo un cartel que en vez de «venezolanos» decía: San Carlos, Cocorná, Urabá, Nariño, Argelia, San Rafael… Sin desconocer lo que pasa en Venezuela, reconozco el país en el que vivo y me cuesta mucho comprender por qué la tragedia ajena nos mueve tanto cuando hemos tenido aquí los peores horrores de la violencia y la injusticia social. Mendicidad, desplazamiento, asesinatos, desempleo, explotación laboral, persecución a la oposición… todo eso que nos indigna que pase fuera de nuestra frontera, lo hemos vuelto paisaje aquí. Y señalarlo no se lee como empatía sino como egoísmo. No entiendo la lógica con la que escogemos cuál conflicto condenar y cuál ignorar; o cuál crisis es más humanitaria que otra.

Yo sí quiero que Venezuela esté bien y quiero que mi país ayude humanitariamente, no de forma impositiva e invasiva; que lo haga respetando la soberanía y permitiendo que sean los mismos venezolanos quienes resuelvan su conflicto. Y también necesito que Colombia le provea dignidad a sus ciudadanos, que mientras haya gente con hambre aquí, también comiendo de la basura, el Gobierno apague por un momento Univisión y salga a la calle a ver la realidad que no se transmite.

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