Carta a D. Historia de un amor

Publicado: septiembre 1, 2014 en Literatura
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Hace varios años, en la última hora, del último día de la Fiesta del Libro, ese momento en que uno mira con nostalgia alrededor y ve que todo empieza a recogerse, estaba sentada en el café del teatro al aire libre conversando con las amigas y comparando, como si fueran laminitas de álbum, los libros que habíamos comprado.

En esas llegó Sergio con sus paquetes y, entre muchos otros libro, nos enseñó uno que llamó poderosamente mi atención desde que vi la carátula: Carta a D. Historia de un amor, de Andre Gorz. Bastó solo leer unas cuantas líneas para correr al punto de venta antes de que cerraran para llevar ese hermoso tesoro conmigo.

¡Gracias, Sergio!

Luego vino leerlo y llenarme de ternura, cierta tristeza y toda la emoción posible.

Aunque lo leí la semana después de la fiesta, le debía al libro una mención por estos lados. Pero no haré una reseña, solo voy a dejar aquí algunos apartes que me encantaron:

  • Acabas de cumplir 82 años. Has encogido 6 cm, no pesas más de 45 kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca.
  • De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que solo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío.
  • Necesito reconstruir la historia de nuestro amor para captar todo su sentido. Gracias a ella somos lo que somos, uno por el otro y uno para otro. Te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos.
  • El comienzo de nuestra historia fue maravilloso, casi como un flechazo.
  • No lo entendía. Ignoraba qué vínculos invisibles se tejían entre nosotros.
  • Durante mucho rato contemplé, mudo, ese milagro de vigor y suavidad. Tú me enseñaste que el placer no es algo que se tome o se dé, sino una forma de darse y demandar la propia donación del otro. Nos entregamos mutuamente por completo.
  • Lo que me cautivaba de ti era que me hacías acceder a otro mundo. Ese mundo me encantaba.
  • Contigo me encontraba en otra parte, en un lugar extranjero, extraño a mí mismo. Me ofrecías el acceso a una dimensión de alteridad suplementaria, a mí que siempre rechacé cualquier identidad y fui acumulando identidades que no me pertenecían.
  • ¿Qué nos asegura que, dentro de diez o veinte años, nuestro pacto para toda la vida se corresponderá con el deseo de aquellos en quienes nos habremos convertido?
  • Si te unes con alguien para toda la vida, ambos ponéis vuestra vida en común y evitáis hacer lo que pueda dividir o contrariar vuestra unión. La construcción de tu pareja es tu proyecto común, nunca acabarás de confirmarlo, de adaptarlo y de reorientarlo en función de las situaciones cambiantes. Nosotros seremos lo que hagamos juntos.
  • En teoría, era capaz de mostrar —invocando a Hero y Leandro, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta— que el amor es la fascinación recíproca de dos personas en su aspecto más inefable, menos socializable y más reacio a los papeles y las imágenes de sí mismos que la sociedad les impone, y a cualquier pertenencia cultural.
  • Me bastaba con aceptar vivir lo que vivía, con amar por encima de todo tu mirada, tu voz, tu olor, tus finos dedos y tu modo de habitar tu cuerpo, para que todo el futuro se abriera ante nosotros.
  • Tú me habías suministrado la posibilidad de evadirme de mí mismo y de instalarme en un lugar distinto cuya mensajera eras tú. Contigo, podía dar vacaciones a mi realidad. Eras el complemento de la irrealización de lo real, incluido yo mismo, algo en lo que me empleaba desde siete u ocho años atrás mediante la actividad de escribir. Para mí, eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia, cuyo porvenir nunca se prolongaba más allá de tres meses. No tenía ganas de volver a poner los pies en el suelo.
  • Los hombres no saben romper —decías—. Las mujeres prefieren que la ruptura sea limpia.
  • Mis cartas eran tiernas. Me daba cuenta de que te necesitaba para encontrar mi camino; de no poder amar a nadie más que a ti.
  • Amar a un escritor implica amar lo que escribe, decías. “Por tanto, ¡escribe!”.
  • Hay que aceptar ser finito: estar aquí y en ninguna otra parte, hacer esto y no otra cosa, ahora y no nunca o siempre […] Tener únicamente esta vida.
  • Hasta 1958 o 1959, era consciente de que, al escribir El traidor, no había liquidado mi deseo “de ser nada, nadie, totalmente dentro de mí mismo, no objetivable y no identificable”.
  • Aborrezco la expresión “mi libro”: veo en ella lo característico de una vanidad mediante la cual un sujeto se engalana con cualidades que le confieren los demás en tanto que él mismo es otro.
  • Consciente de que, “cuando todo haya sido dicho, todo seguirá todavía por decir, siempre quedará todo por decir” —o, dicho de otra manera: lo que importa es el decir y no lo dicho—.
  • “Mi amor por ti no se ama”. Yo no me amaba por amarte.
  • Había querido creer que lo compartíamos todo, pero tú estabas sola en tu desamparo.
  • Me resulta inimaginable seguir escribiendo si tú ya no estás. Tú eres lo esencial sin lo cual todo lo demás, por importante que me parezca mientras estás ahí, pierde su sentido y su importancia.
  • A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.

Y, pues qué bueno encontrarme con estas notas a pocos días de una edición más de la Fiesta del Libro. Por allá nos leeremos.

Gorz, A. (2008). Carta a D. Historia de un amor. Ediciones Paidós.

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