Sicarios de buena honra y reputación

Publicado: enero 20, 2014 en Sociedad, Urbe
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Hace muchos años le tengo miedo a caminar sola en Medellín. Cuando lo hago, porque debo hacerlo, porque no me puedo pasar la vida encerrada, acumulo tanta tensión que he llegado a hartarme de esta ciudad y, como muchos, he pensado en irme a un país más seguro donde una mujer pueda caminar tranquila a cualquier hora con la total confianza en que nada va a pasarle, o que al menos el riesgo es muy bajo. Pero aquí sigo, porque en medio de todo me gusta Medellín, pertenezco a ella y a sus culturas y porque es aquí donde quiero vivir. Me eligió y la elegí. Porque, además, creo tercamente en que algún día será de verdad el mejor vividero del mundo. Pero el miedo sigue ahí, y crece.

Estas son palabras repetidas por mí y por muchos desde hace rato. Nadie debería salir con miedo a la calle. Todos deberíamos disfrutar de esta con libertad, como lo dice la Constitución Política de Colombia en su artículo 24: “Todo colombiano, con las limitaciones que establezca la ley, tiene derecho a circular libremente por el territorio nacional, a entrar y salir de él, y a permanecer y residenciarse en Colombia”. Pero, ¿para qué citar esa hermosa carta magna llena de promesas sin cumplir? Para algo simple, aferrarse a la legalidad. Tenemos todavía, a pesar de los machetazos que le han metido ciertos gobernantes de cuyo nombre no quisiera acordarme, un gran documento que respalda la democracia y la ciudadanía. Es a este al que debemos defender y acudir para que la ilegalidad no nos siga ahogando.

Me aterra ver las formas que va tomando el miedo, o el oportunismo, como esa de los panfletos que anuncian la llegada de nuevos grupos paramiliatres, como otrora, llenos de gentes honorables y altruistas, con mano firme y un corazón tan grande, que se adjudican la razón para ajusticiar a otros civiles y determinar que deben morir. A esos les tengo más miedo que a los que evito diariamente en las calles. Le tengo pánico a esa “ciudadanía” resentida y violenta. A esos sicarios de buena honra y reputación. Y también le temo a los que no participan activamente de esos grupos, pero que silenciosamente los aprueban. Gente que cree que por no empuñar el arma no es tan culpable como el que la dispara.

Y no, no tengo otra solución más que aferrarme a la ley. A tratar de conducir mi vida por las vías legales. A darle ese ejemplo a los que dependen de mí. A seguir demandando del Estado las garantías que nos debe brindar. A levantarme el día de las elecciones y tratar de elegir bien, aunque muchas veces me equivoque. A dialogar, conversar y construir desde la palabra. Y qué duro, qué difícil, es el camino largo, pero me gusta andar por él, tranquila, sin miedo y sin remordimientos.

comentarios
  1. Ana Cristina Restrepo Jiménez dice:

    Hablaste por mí, excelente texto. Gracias, Cata

  2. Gracias Anacrís por leer y tu comentario. Un abrazo.

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