Muchas veces me he preguntado qué lleva a los humanos a tomar las armas para defenderse. Por qué la violencia es el camino más claro que se presenta para muchos como medida de solución. Por qué el dolor y la humillación ajena se nos hacen más atractivos que la reconciliación y el amor. Hemos escuchado muchas veces que la violencia genera más violencia, pero no puedo entender en qué punto se hace tan complicada la frase que nadie la entiende. Y no hablo solo de los grandes conflictos mundiales, esos de las bombas y los ataques sin razón de una nación a otra. También hablo de los gritos, de los insultos, de las feas palabras, de los golpes, de esos mal llamados pequeños actos de violencia que son tan comunes a nuestro alrededor. Que están presentes en el trabajo, en la escuela, en el autobús, en el restaurante, en la casa del vecino, hasta en nuestra casa, por qué no.

He creído firmemente toda mi vida que las diferencias pueden arreglarse con el diálogo. Somos los únicos seres con la maravillosa capacidad de hablar y escuchar, pero en lugar de construir ambientes de tolerancia y respeto la malgastamos empeorando los conflictos y generando más odio y rencor. Por ende, la única consecuencia de este comportamiento será, irremediablemente, más odio y menos esperanza.

Hace unos días vi una película mexicana llamada El violín. Cuenta la historia de una población simpatizante de un grupo guerrillero que lucha contra la opresión del gobierno. Por medio de tres personajes, Plutarco, su hijo Genaro y su nieto Lucio, se narra el momento en que el pueblo es tomado por el ejército y los habitantes son desplazados sin rumbo en espera de que los dejen regresar. Ante la sociedad Don Plutarco y su hijo son músicos que se ganan la vida tocando violín y guitarra en espera de recibir una limosna. Al tiempo, tienen un terreno cultivado junto a su rancho que en época de cosecha significará una entrada más de dinero para el hogar.

Sin embargo, detrás de esa imagen humilde y campesina, estos hombres, como otros del pueblo, apoyan la lucha armada, Genaro desde la milicia y Plutarco prestando sus terrenos como caleta de armas y municiones.

Cuando el pueblo es tomado por el ejército, Genaro se reúne con el grupo guerrillero y Plutarco decide sacar en el estuche de su violín parte del cargamento escondido en su tierra y que el ejército aún no descubre. Viaja desde el asentamiento temporal de los desplazados hasta la población con la excusa de revisar cómo va el cultivo. Pero el comandante del escuadrón militar decide no dejarlo pasar al rancho y le pide que interprete el violín para él, ya que siente la frustración de que en su infancia soñaba con interpretar algún instrumento musical pero le fue imposible y en cambio debió tomar el camino militar. Así transcurren los días y Plutarco va al pueblo y toca para el comandante, hasta que un día, por fin, lo deja pasar al rancho.

Con este voto de confianza del comandante, Plutarco aprovecha para sacar poco a poco parte del cargamento escondido. Pero, como dice el dicho popular “Tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. Finalmente todos son descubiertos, Plutarco, Genaro y los demás compañeros del grupo guerrillero. Lucio, el nieto, queda solo pidiendo limosna en las calles.

Comencé hablando de los motivos para elegir la violencia y luego reseñé algo de la historia de esta película. Y es precisamente porque son esos momentos los que hacen difícil discernir ante la situación de violencia y la elección de las armas por encima del diálogo. El pueblo de Plutarco estaba oprimido, y como sucede generalmente, no tenían voz para reclamar sus derechos, porque los opresores, en medio de su ambición de poder se les olvida que están pasando por encima de otros y por eso ni los oyen. Es posible que pasara mucho tiempo antes de que el pueblo acogiera la posibilidad de apoyar a la guerrilla. Seguramente el temor a una peor condición los hacía dudar de si era o no la mejor elección. Pero al final deciden arriesgarse. ¿Cómo no entenderlos si sus derechos son atropellados y no hay una luz de esperanza para salir de esa condición?

Juzgar es muy sencillo, siempre estamos listos para hacerlo. Pero vivir en la piel de otros sus tristezas, dolores y angustias no debe ser fácil ni tolerable. Por eso habrá quienes apoyen y también quienes juzguen la elección del pueblo de Plutarco, pero al final quién tiene la razón.

Al final de la película el pueblo no obtiene ninguna ganancia, de hecho todos sus hombres desaparecen y, como lugar común en la historia de la humanidad, mujeres y niños quedan solos para volver a levantar vida en medio de las ruinas. Sin embargo, ¿hay esperanza en esos corazones? ¿Crecerán estos niños alimentados con más rencor? ¿Engendrará estas madres criaturas más violentas?

La rueda sigue girando en el mismo sitio, las condiciones no mejoran para los oprimidos, la violencia sigue creciendo, la ambición no cesa, el poder nos embriaga, la vanidad nos ensordece, la muerte nos sigue rondando… La vida continúa sin que se pueda apreciar un cambio positivo cercano. ¿Hasta dónde llegaremos? ¿Cuándo y cómo acabará?

El violín, México, 2005. Dirección y guión: Francisco Vargas Quevedo. Producción: Francisco Vargas Quevedo. Música: Cuauhtémoc Tavira y Armando Rosas. Fotografía: Martín Boege Paré. Montaje: Francisco Vargas Quevedo y Ricardo Garfias. Diseño de producción: Claudio Contreras. Vestuario: Rafael Ravello. Reparto: Ángel Tavira, Dagoberto Gama, Fermín Martínez, Gerardo Taracena y Mario Garibaldi.

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comentarios
  1. Agradezco si me pueden indicar la ubicación – mial- del director Francisco Vargas Q.
    Cordialmente

    LP

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