Los del andén de Policlínica

Publicado: julio 24, 2007 en Sociedad
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Cerca de mi casa queda Policlínica, la unidad de atención de urgencias del Hospital San Vicente de Paúl. La puerta nunca está sola, siempre hay personas sentadas en el piso (que es la banca de los pobres) esperando una noticia, rogando que sea buena. Ya fuera por estar cerca o por no tener recursos, tuvieron que acudir a este centro y empezar a superar otra prueba de Dios, como suelen llamar ellos a las desgracias con que la vida los premia.

Luego, porque nunca faltan donde hay tumulto, llegan los vendedores informales. Estos que por astutos, por necesitados o por explotados, llenaron nuestras calles, y aunque a veces son molestos, otras es un alivio que estén por ahí. Allí, además de ofrecer sus productos, se convierten en consejeros y orientadores, escuchan sin afán una a una todas las historias de quienes esperan. Puede ser por solidaridad o también por chisme, por ese morbo que sentimos los seres humanos ante la desgracias ajena. Ese morbo que experimentamos cuando pasamos por allí y llega una ambulancia, y aunque por la distancia no podamos ver nada, esforzamos la mirada y volteamos a mirar en más de una ocasión a ver qué alcanzamos a percibir, eso sí, sin detenernos a preguntar porque “qué dirán”.

Reunidos estos dos grupos de personas, llegan otros a enriquecer la escena, los habitantes de calle. Estos que buscan caridad donde no suele abundar, iglesias y hospitales. Es este sitio entonces, un lugar ideal para suplicar cualquier ayuda que les signifique algo de comida o droga para pasar un rato de esta vida miserable que les tocó, pero a la cual se aferran con más ganas que muchos que “lo tienen todo”.

Todos estos seres humanos que confluyen en este lugar se los encuentra uno por toda la ciudad de los pobres, porque la otra ciudad, donde ellos no encajan, no les ofrece sino más humillación de la que no necesitan ya.

Para los dirigentes, los empresarios, los pudientes, estos seres no existen. Pasan frente a ellos y ni siquiera los notan, ni siquiera los presienten, no hacen parte de su paisaje. Pasar junto a ellos quizás sea un azar del destino que, para su descanso, seguramente no volverá a suceder. Son sus empleados, sus sirvientes, sus esclavos o su vergüenza, y no les desgastan ni una neurona del cerebro, nunca.

Pero ellos siguen con su vida, con sus luchas, sus alegrías y sus dolores. A veces también ajenos a lo que pasa en el mundo de los otros, de los que no le dan ni derecho a la identidad.

Cuando escribo sobre estas personas en Policlínica, me acuerdo de un texto llamado Los nadies de Eduardo Galeano. Y quiero terminar precisamente citándolo porque refleja perfectamente la vida de estos personajes en el andén de urgencias.

Los nadies

Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

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